Hace 6 años María tomó una drástica decisión. Tras visitar a una comunidad mapuche cercana a su casa, tuvo la convicción de que ella pertenecía ahí. Siguiendo a su corazón, en mapuche se convirtió
Por Nicolás Barrera R.
Era el atardecer del primer día de la semana. El sol se escondía tras la gr
uesa capa de contaminación del Gran Santiago y la noche daba sus primeros atisbos de aparecer. Mientras eso sucedía, la señora María estaba regando el antejardín de su hogar, en la comuna de Lo Prado, peguntándose que querrá preguntarle el joven estudiante.
“¡Ah¡ así que de los mapuches”, exclamó al saber que ese sería el tema de la entrevista
El caso de la señora María Oyarzo es muy particular. Por los avatares de la vida, llegó a una comunidad mapuche cercana a su casa. Unos vecinos la invitaron a conocer ese mundo, en donde se reúnen los descendientes de Lautaro. Nunca le habían gustado y llamado la atención los mapuches. Ni siquiera tiene ascendencia mapuche. Pero cuando pisó por primera vez ese lugar, jamás pensó que llevaría seis años siendo parte de esa comunidad Ella es una mapuche más, no de sangre, sino de alma.
“Descubrí que la gente hace ramadas. Hacen sopaipillas, comidas, toman mate y bailan….y me gustó. Esa primera vez que fui sentí algo aquí, en el corazón”.
Ese fulgor que estalló en su interior fue la primera señal de que algo la unía con la comunidad mapuche. El primer contacto, para poder ingresar al grupo, lo tuvo con el presidente.
“Había un reunión y me convidaron a mí, de visita.
- Por qué no entras tú aquí, me dijo el presidente, que tiene apellido mapuche.
- Pero, ¿cómo puedo entrar?.
- Tú pagas 200 o 250 pesos, pagas las cuotas mensuales y eres socia. Además, si quieres hacer tu ramada, solo me dices donde y listo.
- Estaría bueno, le respondí.
- Si po’, me dijo, si te gusta…
Como los chiquillos míos tienen apellido mapuche, porque yo estoy casada con un hombre de apellido mapuche, le dije ‘ya po’ y entré, junto a otra señora, una amiga con la que somos comadres. Por el apellido estaba fracasada, no me querían. Ahora puede llegar cualquier persona. El mapuche es egoísta, son ellos no más”.
A pesar de la buena acogida por parte del presidente de la comunidad, no fue tan simple su entrada como pensaba.
“Sí, yo quiero entrar, me decía. Uno, porque hay un machi y, cuando se esta enfermo, nos hace remedio de hierbas. Entonces, estando metida en los mapuches, nos hacía remedios gratuitos. Lo otro es por lo dental. El mapuche tiene mucha ayuda por parte del gobierno. Pensé que para arreglarme la dentadura, si no tengo plata, cuánto me va a costar. Entonces dije ya (voy a ingresar), tenía todo listo. Cuando me inscribí para hacerme socia, me rechazaron. Me dijeron que yo no tenía el apellido mapuche. El gobierno fue el que me rechazo…me dijeron que no. El presidente
me dijo, ‘tráeme la libreta de matrimonio y ahí está’. Yo pude entrar porque estoy casada con un hombre que tiene apellido mapuche, por nada más”.
El presidente tiene el poder administrativo en la comunidad, mientras el Machi es el que tiene el poder cívico - religioso al interior del grupo y es siempre invitado a las ceremonias importantes.
María es una mujer de una profunda religiosidad. Hasta hace seis años pertenecía a la Iglesia Evangélica pero, por mandamiento divino, abandonó esa religión. Al ingresar a la comunidad mapuche, descubrió que ellos adoraban al Rehue, un tronco de madera tallado con un rostro similar al de un moai. Le sorprendió que la gente tuviese ese tótem y, antes de ingresar, decidió preguntarle a un pastor evangélico, que es tío de su yerno, sobre que tan santo y que tan profano era aquel trozo de madera. Pero ojo, quizás por vergüenza, le hizo la pregunta al pastor en nombre ‘de una amiga’. La respuesta fue categórica: “hermana, ellos se arrodillan y le rezan al de arriba”. Esas palabras la tranquilizaron, ya que le podría seguir orando a su Dios.
Alguien llama desde el portón del patio. Es Yasna, quién viene a dejar a la casa a Sebastián, su hijo. Eso sí, la maternidad la comparte con la señora María, quien cría al niño desde que éste tenía siete meses de vida. Para ese niño, ella también es su mamá. Para María, él es su devoción.
En el caso de las costumbres, no le costó mucho aprenderlas, en especial las comidas. Como viene del sur y siempre ha cocinado, no le fue difícil aprender la cocina mapuche. Aunque confesó que tuvo que pedir ayuda para hacer el catuto, también conocido como multrún, alimento a base de trigo que reemplaza al pan.
Durante mayo viajó a la zona de Temuco, en donde vivió una de sus grandes anécdotas relacionadas con la comunidad mapuche. “Llegué a una casa en donde la gente es mapuche. Un día me invitaron y me dijeron ‘oye, vamos a tal parte’. Ya, dije. Nos levantamos temprano, a las cinco de la mañana, y nos fuimos hacia allá ¡Hasta en lancha nos subimos!. Llegamos tempranito y desayunamos con sopaipillas, catuto, etc. Estábamos a punto de carnear al animal cuando, una vez oscureciendo, un mapuche me dice ‘sabe dónde estamos aquí’. No, le respondí. ‘Aquí fue donde se tomaron el terreno los hermanos mapuches. En esa parte (del bosque) llegaron los Carabineros el otro día, métale bala’. Anduve por donde mueren los valientes. ‘En ese lugar, en el bajo, mataron al chiquillo que mostraron por la tele (Matías Catrileo)’, me contó. ¡Ay Diosito!, dije, donde me vine a meter y, además, después iban a llegar los carabineros. Una hermana me preguntó con quien andaba y le dije que ‘yo no ando sola. Ando con el más grande, el de arriba y él me cuida.
Llegó la noche y los hermanos estaban conversando que se iban a tomar este fundo, lleno de animales. ‘Diosito que no vengan’, pedía. Pasaban los Carabineros y métale palos. El mapuche es muy decidido, no esta ni ahí con que lo maten y las mujeres son iguales. Sabe que más, les dije, si pasan los Carabineros y veo que los hermanos no fueron capaces, me voy a esconder, debajito de las matitas.
- Eres guerrera tú, hermana. Me dijo una mapuche
- May, le dije. Quiere decir Sí.
- Hay que defender.
- May.
En la noche, yo le pedía a Dios que me ayudara. ‘Usted me trajo a este lugar, usted me mostró estos campos, no permita Padre que haya más sangre aquí. Que le entreguen este terreno a mis hermanos, porque ellos no tienen terreno y no permita que ningún Carabinero venga’. No llegó ningún Carabinero, andaban lejos. A las 5:30 AM estábamos rezándole al Rehue para que no lleguen los carabineros. Al final entregamos el fundo”.
María tiene la convicción de que la lucha de las comunidades indígenas por los terrenos es legítima. El Gobierno les brinda ayuda económica a los mapuches, pero como ella cuenta, ‘entre los dirigentes se arreglan los bigotes’.
El reloj del living marca las 9:45. Llegó la hora de partir. El estudiante vuelve a su casa. La señora María pronto irá a dormir. Quizás, esta noche ella vuelva a hablar con Dios y a soñar con aquella comunidad que le brinda el sentimiento de pertenencia, algo que pocas personas a los 62 años aún tienen. Ella es María, ella es Mapuche.
“¡Ah¡ así que de los mapuches”, exclamó al saber que ese sería el tema de la entrevista
El caso de la señora María Oyarzo es muy particular. Por los avatares de la vida, llegó a una comunidad mapuche cercana a su casa. Unos vecinos la invitaron a conocer ese mundo, en donde se reúnen los descendientes de Lautaro. Nunca le habían gustado y llamado la atención los mapuches. Ni siquiera tiene ascendencia mapuche. Pero cuando pisó por primera vez ese lugar, jamás pensó que llevaría seis años siendo parte de esa comunidad Ella es una mapuche más, no de sangre, sino de alma.
“Descubrí que la gente hace ramadas. Hacen sopaipillas, comidas, toman mate y bailan….y me gustó. Esa primera vez que fui sentí algo aquí, en el corazón”.
Ese fulgor que estalló en su interior fue la primera señal de que algo la unía con la comunidad mapuche. El primer contacto, para poder ingresar al grupo, lo tuvo con el presidente.
“Había un reunión y me convidaron a mí, de visita.
- Por qué no entras tú aquí, me dijo el presidente, que tiene apellido mapuche.
- Pero, ¿cómo puedo entrar?.
- Tú pagas 200 o 250 pesos, pagas las cuotas mensuales y eres socia. Además, si quieres hacer tu ramada, solo me dices donde y listo.
- Estaría bueno, le respondí.
- Si po’, me dijo, si te gusta…
Como los chiquillos míos tienen apellido mapuche, porque yo estoy casada con un hombre de apellido mapuche, le dije ‘ya po’ y entré, junto a otra señora, una amiga con la que somos comadres. Por el apellido estaba fracasada, no me querían. Ahora puede llegar cualquier persona. El mapuche es egoísta, son ellos no más”.
A pesar de la buena acogida por parte del presidente de la comunidad, no fue tan simple su entrada como pensaba.
“Sí, yo quiero entrar, me decía. Uno, porque hay un machi y, cuando se esta enfermo, nos hace remedio de hierbas. Entonces, estando metida en los mapuches, nos hacía remedios gratuitos. Lo otro es por lo dental. El mapuche tiene mucha ayuda por parte del gobierno. Pensé que para arreglarme la dentadura, si no tengo plata, cuánto me va a costar. Entonces dije ya (voy a ingresar), tenía todo listo. Cuando me inscribí para hacerme socia, me rechazaron. Me dijeron que yo no tenía el apellido mapuche. El gobierno fue el que me rechazo…me dijeron que no. El presidente
El presidente tiene el poder administrativo en la comunidad, mientras el Machi es el que tiene el poder cívico - religioso al interior del grupo y es siempre invitado a las ceremonias importantes.
María es una mujer de una profunda religiosidad. Hasta hace seis años pertenecía a la Iglesia Evangélica pero, por mandamiento divino, abandonó esa religión. Al ingresar a la comunidad mapuche, descubrió que ellos adoraban al Rehue, un tronco de madera tallado con un rostro similar al de un moai. Le sorprendió que la gente tuviese ese tótem y, antes de ingresar, decidió preguntarle a un pastor evangélico, que es tío de su yerno, sobre que tan santo y que tan profano era aquel trozo de madera. Pero ojo, quizás por vergüenza, le hizo la pregunta al pastor en nombre ‘de una amiga’. La respuesta fue categórica: “hermana, ellos se arrodillan y le rezan al de arriba”. Esas palabras la tranquilizaron, ya que le podría seguir orando a su Dios.
Alguien llama desde el portón del patio. Es Yasna, quién viene a dejar a la casa a Sebastián, su hijo. Eso sí, la maternidad la comparte con la señora María, quien cría al niño desde que éste tenía siete meses de vida. Para ese niño, ella también es su mamá. Para María, él es su devoción.
En el caso de las costumbres, no le costó mucho aprenderlas, en especial las comidas. Como viene del sur y siempre ha cocinado, no le fue difícil aprender la cocina mapuche. Aunque confesó que tuvo que pedir ayuda para hacer el catuto, también conocido como multrún, alimento a base de trigo que reemplaza al pan.
Durante mayo viajó a la zona de Temuco, en donde vivió una de sus grandes anécdotas relacionadas con la comunidad mapuche. “Llegué a una casa en donde la gente es mapuche. Un día me invitaron y me dijeron ‘oye, vamos a tal parte’. Ya, dije. Nos levantamos temprano, a las cinco de la mañana, y nos fuimos hacia allá ¡Hasta en lancha nos subimos!. Llegamos tempranito y desayunamos con sopaipillas, catuto, etc. Estábamos a punto de carnear al animal cuando, una vez oscureciendo, un mapuche me dice ‘sabe dónde estamos aquí’. No, le respondí. ‘Aquí fue donde se tomaron el terreno los hermanos mapuches. En esa parte (del bosque) llegaron los Carabineros el otro día, métale bala’. Anduve por donde mueren los valientes. ‘En ese lugar, en el bajo, mataron al chiquillo que mostraron por la tele (Matías Catrileo)’, me contó. ¡Ay Diosito!, dije, donde me vine a meter y, además, después iban a llegar los carabineros. Una hermana me preguntó con quien andaba y le dije que ‘yo no ando sola. Ando con el más grande, el de arriba y él me cuida.
Llegó la noche y los hermanos estaban conversando que se iban a tomar este fundo, lleno de animales. ‘Diosito que no vengan’, pedía. Pasaban los Carabineros y métale palos. El mapuche es muy decidido, no esta ni ahí con que lo maten y las mujeres son iguales. Sabe que más, les dije, si pasan los Carabineros y veo que los hermanos no fueron capaces, me voy a esconder, debajito de las matitas.
- Eres guerrera tú, hermana. Me dijo una mapuche
- May, le dije. Quiere decir Sí.
- Hay que defender.
- May.
En la noche, yo le pedía a Dios que me ayudara. ‘Usted me trajo a este lugar, usted me mostró estos campos, no permita Padre que haya más sangre aquí. Que le entreguen este terreno a mis hermanos, porque ellos no tienen terreno y no permita que ningún Carabinero venga’. No llegó ningún Carabinero, andaban lejos. A las 5:30 AM estábamos rezándole al Rehue para que no lleguen los carabineros. Al final entregamos el fundo”.
María tiene la convicción de que la lucha de las comunidades indígenas por los terrenos es legítima. El Gobierno les brinda ayuda económica a los mapuches, pero como ella cuenta, ‘entre los dirigentes se arreglan los bigotes’.
El reloj del living marca las 9:45. Llegó la hora de partir. El estudiante vuelve a su casa. La señora María pronto irá a dormir. Quizás, esta noche ella vuelva a hablar con Dios y a soñar con aquella comunidad que le brinda el sentimiento de pertenencia, algo que pocas personas a los 62 años aún tienen. Ella es María, ella es Mapuche.
1 comentario:
Muy linda historia y esta bien narrada, me gusto el final :)
interesante too
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